No te atreves a salir pero alguien te empuja. Has salido de las bambalinas y no puedes volver a esconderte. Te diriges a tu posición. Desde que saliste, no has apartado la mirada de la punta de tus zapatitos negros. Una leve luz te baña y te deja ver qué hay más allá. Diriges la vista al público expectante, te abrumas y vuelves a esconderte en tus zapatos. Una segunda vez, vuelves a levantar la cabeza y descubres infinitas miradas en la inmensa oscuridad que parecía vacía.
Poco a poco, los demás van llegando y aunque sigues sintiendo miedo, te sientes acompañado... Piensas en todas las mariposas presentes en ese escenario, dentro de cada uno. Revolotean y se contagian unas de otras...
Pensé en mis libélulas. ¿Serán capaces de encajar entre tantas mariposas y de contagiarse igual que ellas?
¡Qué emoción!
Ya todos ocupan su lugar... Incluso el director, que da la señal.
La función comienza.
Transformamos nuestros respectivos insectos en voz. ¡Miles de mariposas y libélulas volaban ahora por la sala! Salían de nuestras bocas y llegaban hasta el más recóndito lugar los corazones que nos observaban.
Pude ver la música.
Mi voz, mi pequeña voz con su pequeño registro, de sol a sol, entre tantas y tantas otras.
Una continua conversación entre sopranos, contraltos y bajos. Una hermosa conversación.
Sentirse parte de un todo. Encontrar un lugar. Situar tu voz.
Y cantar, sobre todo cantar. Porque tenemos mucho que decir y por lo que luchar.
¡THAT JAZZ!
Última nota... y lágrimas que acuden a los ojos. Ya está, se ha acabado. Todo el mundo en pie, aplauden entusiasmados. Las luces se encienden. y saludamos. Reímos e incluso lloramos.
Aquí culmina el trabajo de todo un año de ensayos, de ponerse de acuerdo, de organizar, de nervios tras las bambalinas, de aplausos y sobre todo... de Jazz. Mucho Jazz.
Sólo puedo decir gracias.